26 de abril de 2018

Violación = Fiesta de colegas

Tengo ganas de vomitar.
Llevo un rato delante del ordenador intentando trabajar. Pero no puedo.
Tengo dolor de estómago y mucha angustia. Porque hay una monstruosidad que no me quito de la cabeza.

Hoy a mediodía mi amiga Laura me ha contado que a los de la Manada los acusan de abuso y no de violación.

Y ya está. Así se queda todo.

Es abuso porque en las grabaciones no se escucha que la víctima se oponga.

Tengo muchas ganas de vomitar. Y lágrimas de rabia e impotencia cayéndome por las mejillas.

Porque yo soy mujer.
Y tengo una hija.
Y vivo en un país en el que si, un día de estos, cinco tíos deciden meternos solas a mí, o a mí hija, o a mi hermana, o a mi sobrina, o a mi amiga, en un portal, vayamos borrachas o no... Esos cinco tíos, 5 que no 1 como nosotras, podrán hacer lo que quieran con nuestro cuerpo. Lo que quieran. Podrán vejarnos y humillarnos de todas las maneras y formas posibles, por turnos, a la vez, jaleando y animándose unos a otros para ver cuál es el más macho, el más animal y el más depravado.
Y si no nos oponemos, por embriaguez o por estar en estado de shock, en minoría absoluta o, simple y llanamente, horrorizadas... No pasará nada. Porque no será violación.

¿Pero de qué narices va la justicia aquí, joder?

¿Pero por qué aún habrá quien realmente se plantee si la culpa no fue de ella por ir en minifalda y borracha?

¿Pero no veis que la violencia de cualquier tipo no se justifica con absolutamente nada? Con NADA.

Escribo y lloro.

Que hablamos de un ser humano al que se le ha tratado como un cubo de basura en el que 5 monstruos han eyaculado y demás barbaridades, sin ningún tipo de miramiento, porque estaban fuera de sí. Como animales. Como una auténtica manada de bestias.

Y no pasa nada.

Están libres de cargo de violación. Porque no se observa oposición por parte de la víctima.

Me da mucha seguridad saber que las mujeres en España seguimos siendo vistas como un trozo de carne susceptible de ser usado de la manera que sea, porque al final, no pasa NADA.

Pues a quienes corresponda: SÍ PASA, JODER.

Esos 5 animales han acabado con la vida normal de una niña. De una mujer que tiene el mismo derecho que ellos a salir de fiesta, vestir como le salga de las narices, beber lo que le dé la gana y sentir pavor cuando es acorralada y atrapada por una jauría de lobos, hambrientos de falsos triunfos a costa de una chica que sólo salió a divertirse. Y que lo hizo sin la necesidad de unirse a cuatro amigas, acorralar a un chico inocente y vejarlo de todas las maneras posibles.

No puedo parar de llorar.

Vivimos en un mundo de locos en el que quienes intentar sacar adelante a los suyos como pueden van a la cárcel, y quienes roban y estafan al pueblo aprovechando que están en la cumbre política, escapan al extranjero a vivir mejor aún de lo que antes vivían o se recolocan laboralmente y siguen viviendo del cuento.

VIVIMOS EN UN PAÍS DONDE LOS VIOLADORES TIENEN MÁS DERECHOS QUE LAS VÍCTIMAS, Y DONDE LA VIOLACIÓN YA HA ALCANZADO EL GRADO DE FIESTA DE COLEGAS.

No sé si estar al amparo de esta justicia me da más asco que miedo, o viceversa.😞

YO SÍ TE CREO. Y te aseguro que no soy la única.

24 de marzo de 2018

Serpiente de colores

La vida está marcada por etapas.

Como la vuelta ciclista.

Yo de ciclismo no entiendo, y el único recuerdo bonito que tengo de las interminables tardes en las que mi padre veía el Tour, el Giro o la Vuelta a España, porque eran un aburrimiento soberano, era "la serpiente de colores" que formaba el pelotón en la subida o bajada a cada puerto. Curioso. Porque no me gustan las serpientes. Pero ésa me parecía especial.

Así que, como nunca entendí ese gusto por ver este deporte en la tele, nunca pregunté por él, y hoy no sé si cada etapa ciclista va marcada según los puertos (ríanse los que entiendan, es su momento); pero lo que sí recuerdo es que la dificultad de éstos le daba mucho más valor a eso de terminar cada etapa. Eso y que repartían maillots.

La vida misma.

De nuestra niñez a la edad adulta, y de  pleno en esta última, pasamos etapas prácticamente planas, con poca cuesta, o con subidas cómodas y bajadas de paisaje de cuento.
Y de repente, así sin más, aparece un puerto. Y, algunas veces, ese puerto nos pilla desprevenidos, sin casi avituallamiento, con las defensas por los suelos y el cerebro poco despierto para planificar cómo enfrentarlo.

Y es una putada.
(Perdón. Pero es la palabra perfecta aquí).

Sin embargo, subimos el puerto. Aunque con más pena que gloria, obvio. Pero es que no nos queda otra; si no lo pasamos, nuestra carrera personal acaba ahí: ni maduramos, ni aprendemos, ni avanzamos, ni mejoramos, ni ganamos. Porque si no luchas... difícilmente vas a ganar el maillot.

Cruzas el puerto. Y sigues.

Y ahí tienes otra etapa cómoda, de las de "qué fácil está siendo esto".

Y ahí va otro puerto, de los de "¿por qué ahora y por qué a mí?".

Pero cada puerto, cada subida, cada bajada... Cada vez que superamos una de esas etapas duras, aprendemos a valorar las simples, y apreciamos cada uno de los elementos de nuestra vida que hacen que así sea, y cada una de las personas que se han encargado de lanzarnos el avituallamiento en el momento exacto, para que pudiéramos acabar la etapa.

A mí me gustan los retos.
Aunque diría que no necesito puertos. Pero reconozco que cada vez que he tenido que enfrentarme a uno, más con miedo que sin él, he crecido un poquito.
Y sobre todo he aprendido.
Y, además, he confirmado lo que sé, por suerte o no, desde que tengo uso de razón: Que tengo sed de infinito. Que ver el sol cada día, después de algunas tormentas, era una suerte. Que no hay nada más emocionante que vivir. Que no sé amar y vivir sin apasionarme. Que la pasión bien entendida mueve montañas. Que las montañas tienen puertos. Y que observar la "serpiente de colores" subirlos es... sinónimo de victoria.

Por eso, quizás, algún día, pueda decir que me gustan todas las serpientes y que, además, he conseguido un maillot.

(Poema de la imagen de Raquel Lanseros)